26/06/201705:00:39

Yo espío, tú espías

Gabriel Guerra Castellanos

26/06/201705:00:39

La primera vez que tuve conciencia del espionaje (más allá de las películas de James Bond o las novelas de John le Carré) fue cuando, en mi preadolescencia, alguien advirtió a una persona muy cercana a mí que estaban grabando sus conversaciones. La reacción del presunto espiado no fue de duda, ni temor, ni escepticismo. Fue de risa loca, carcajada abierta. Habían visto, respondió, demasiadas películas.
Unos días después, recibió unos legajos que contenían transcripciones de sus conversaciones telefónicas. La risa cesó, y nos dimos cuenta de que esto no era solamente novelesco.
Años más tarde, me tocó vivir en la República Democrática Alemana y luego en la Unión Soviética. En esos países, que hoy ya no existen, el espionaje buscaba no solo acumular información, mucha y de todo tipo, sino también intimidar, recordar el poder casi absoluto del Estado sobre todos y cada uno de sus malhadados ciudadanos. Se estima que en cualquier momento dado en la RDA hasta un 1% de la población era informante (“colaborador no oficial” era el termino) de los servicios secretos, mejor conocidos como Stasi. Sumando a los activos y retirados la cifra llegaba hasta bien por encima del medio millón, (620,000 para ser precisos). Es decir, casi el 7% de la población había sido espía en su propia tierra.
¿Le suena a exageración, estimado lector? Todo está documentado, porque los alemanes son así, metódicos y ordenados. Y el efecto era paralizante: todos sospechaban de todos, del vecino, del colega, del cónyuge, de los amigos. Y cuando se abrieron los archivos de la Stasi muchos descubrieron que habían dormido literalmente con el enemigo. Si vio Usted “La Vida de los Otros” puede creerle, la realidad superaba toda ficción.
La Unión Soviética era un poco más burda en sus métodos, pero los objetivos de los aparatos de inteligencia eran similares: por un lado recopilar las mayores cantidades de información en bruto para poder prevenir o sancionar cualquier ataque contra el Estado, y por el otro hacer saber a la población que muy probablemente estaban siendo espiados, a saber por quién o quiénes, y que literalmente el hermano grande lo veía y lo escuchaba (y lo sabía) todo. Así se inhibían conductas o actividades contrarias a los intereses del Estado, como el pensamiento o las expresiones críticas, por insignificantes que fueran.
A lo largo de mi vida, en esas y otras naciones, incluida por supuesto la nuestra, México, he sabido o he visto directamente de muchas conductas tendientes a allegarle información y conocimiento a las autoridades. En algunos casos, tratándose de países en guerra o bajo amenaza del terrorismo o el crimen organizado, se entienden muchas de las actividades de espionaje y contra espionaje. Pero la manera en que se llevan a cabo son a veces tan obvias y tan generalizadas que resultan o ilegales, o inmorales o contraproducentes.
Haciendo a un lado la ética por un momento, valga concentrarnos en la eficacia de muchos de estos métodos, que a veces recopilan tanta información y de tantas y tan diversas fuentes que se vuelve literalmente imposible de digerir, de analizar. Es el caso de la agencia de seguridad nacional de EU, la NSA, que no halla qué hacer con las cantidades descomunales de información que recibe.
Y entonces vale la pena preguntarse, si se carece de los mecanismos adecuados para procesar la información, sería un error, o una ilusión, llamar al resultado “inteligencia”. Por el contrario, es más una sobredosis de datos con los que muchas veces nadie sabe bien a bien qué hacer.
No me sé ni me creo espiado hoy en día, aunque tampoco me sorprendería si sí lo fuera. Así que mi crítica es completamente desinteresada: si el objetivo del espionaje es la discreción para obtener mucha y muy buena información, alguien ha fallado estrepitosamente. Si, por el contrario, la intención es ser obvios para intimidar a algunos o a muchos, esto se ha hecho a un costo verdaderamente absurdo, tanto en dinero como en el prestigio nacional e internacional del gobierno mexicano.
Sea como fuere, un desperdicio descomunal.