11/08/201705:00:33

El Matusalén del poder

José Alberto del Rivero

11/08/201705:00:33

Permitan ustedes que les narre algunos destellos que con el tiempo se han convertido en truenos hasta transformarse en inimaginables tornados o tsunamis de la partidocracia. La data del poder siempre o por lo regular es originado por el caos del poder, así platicaba con un probo guerrerense —quien, por cierto, me recordó que este 9 de agosto se conmemoró el 235 aniversario del natalicio del general Vicente Guerrero— acerca del binomio causa-efecto, en el que la causa es la impunidad y el efecto, la corrupción.

A Séneca le tocó vivir la decadencia de la Roma Imperial, turbulenta, amoral y antiética. Aclaro que no estoy describiendo el sistema político mexicano, estamos describiendo la etapa imperial en donde Séneca se vio involucrado en una conjura para derrocar a Nerón, ya que estaba convencido que era la única manera de terminar con la corrupción. Como buen estoico y fiel a sus principios, Séneca se abrió las venas antes que ser rehén de Nerón, dejándonos la siguiente reflexión: “Pobre no es el que tiene poco, sino el que desea mucho”. Dos mil años atrás, qué habría pensado Séneca al enterarse de que el legado que nos dejó no causó ningún impacto, por lo menos aquí en México, donde la impunidad, que es la causa, incrementó la corrupción, que es el efecto.

Ahí está el binomio que se dio entre el agua (la kakistocracia) y el aceite (la oclocracia). Ahora, si ustedes me lo permiten, aplicaré el método de Sócrates, Platón y Aristóteles, o sea, la mayéutica, la dialéctica y la lógica para que me ayuden a hallar la respuesta de la siguiente interrogante: ¿qué diferencia existe entre la fuerza de las armas y la fuerza del dinero para acceder al poder en nombre de la democracia? Causa y efecto, es igual el resultado. Si no, lean esta parte y lo siguiente por favor, mis leales y pacientes lectores.
Ya en México tenemos la disputa de la autocracia en el interior de la partidocracia. Vean ustedes, allende los mares están reviviendo pasajes de la guerra civil española que atinadamente Fernando Savater narró en el diario El País un 20 de noviembre de 1992, donde se imaginaba a Francisco Franco con cien años “perfectamente gobernando aún con esa provecta edad, Matusalén de la autocracia sobreviviendo obstinadamente a sus cómplices y a sus víctimas, dictando sabiamente espaciadas condenas de muerte”. ¿Cuánto tiempo ya llevamos con esto en México? Esta es la realidad de los acontecimientos en nuestro país.
La autocracia de la partidocracia no quiere morir, quiere vivir como un Matusalén franquista. Usted se preguntará qué les quiere decir el que esto escribe. Miren, no quiero perder a mis pocos lectores, pero eso sí, leales y pacientes—por cierto, esa lealtad no la tiene la partidocracia, si no, ahí está el agua, el aceite y sus dirigentes conversos—. Permítanme ahora citar a Primo Levi, cuando habla la memoria de los ultrajes “Hay quien miente conscientemente falseando a sangre fría la irrefutable realidad [partidocracia], pero son más numerosos aquellos que levan anclas, se alejan de los recuerdos auténticos y se fabrican una realidad más cómoda. El paso silencioso de la mentira al autoengaño es útil: quien miente de buena fe, miente mejor, recita mejor su papel.” (488-489).
“Una sociedad se rinde cuando no siente que exista la esperanza. Se habitúa al dolor y al miedo. A la mentira. [Pierde su capacidad de asombro]. Se vuelve indiferente cuando conviven varios lenguajes y acepta discursos que justifican el terror y la violencia a cambio, porque suponen la comodidad”. Enmascaran sus acciones porque quieren seguir siendo el Matusalén del poder.