09/05/201705:00:07

¿Quién ganó realmente en Francia?

Gabriel Guerra Castellanos

09/05/201705:00:07

Mientras arrecian los festejos por la victoria de Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, vale la pena un análisis un poco más frío acerca de lo que verdaderamente sucedió ayer domingo.

Primero lo obvio, que no deja de ser admirable ni sorprendente: un absoluto neófito que jamás había sido candidato ni militante partidista pasa —en tan solo 5 años— de ser asesor presidencial a ministro de Economía a fundador de un movimiento político a candidato marginal a la presidencia a triunfador en la primera y la segunda ronda, con lo cual será el mandatario más joven de Francia desde los tiempos de Napoleón Bonaparte.

El movimiento En Marche! que lo catapultó a la presidencia se consolidó en poco más de un año y logró atraer un muy amplio y representativo crisol de la política francesa. Se excluyen solamente los neocomunistas y los partidarios del ultraderechista Frente Nacional. Macron tiene frente a sí la posibilidad real de transformar radicalmente al escenario de los partidos y de la política tradicional en Francia. Su edad, su probada inteligencia y su conocida disposición a correr riesgos y hacer cosas inusitadas son sus principales aliadas.
En un breve lapso de tiempo Macron enfrentará sus dos primeros grandes retos como presidente: la formación de su gabinete en el transcurso de esta semana y después las elecciones legislativas, programadas para el 11 y 18 de junio. Dependerá de su habilidad para poder atraer a un grupo simultáneamente capaz y atractivo para su nuevo gobierno el que muchos escépticos le otorguen el beneficio de la duda primero y su voto después en las parlamentarias. Si no consigue ambas cosas la suya podría ser una de las lunas de miel más cortas en la historia moderna de Francia.
Macron posee un atributo casi imposible de encontrar en un político: siempre busca distintos ángulos y puntos de vista para abordar un problema. Pero esa tendencia a ver todos los aspectos de un problema, que está muy bien para un asesor o un consejero, no es necesariamente lo que la gente espera de un líder. Aun así, yo no apostaría a su fracaso, pues hasta el momento ha logrado casi todo lo que se ha propuesto.
Una vez que ganó la primera vuelta, no había duda de su posterior triunfo, pues los franceses conocen muy bien lo que representan Le Pen y el FN, así que lo verdaderamente relevante es la diferencia de votos. Las últimas cifras nos hablan de aproximadamente 65%-35%. Una abrumadora victoria, treinta puntos de ventaja, un rechazo contundente a la ultraderecha, un voto por el optimismo y por Europa, dicen, gritan, celebran, muchos.
¿Pero es realmente así? El que en un país avanzado, civilizado, con la cultura política y cívica de Francia un partido xenófobo, antiinmigrante, de ultraderecha, con conocidos vínculos fascistas y nacional-socialistas obtenga más de la tercera parte del voto a mí me parece francamente preocupante. Que ese mismo partido se considere a sí mismo —y con razones— la segunda fuerza política me resulta aberrante. Y que dicho partido haya aumentado consistentemente su proporción del voto en elecciones presidenciales, legislativas y locales en los últimos 30 años es una señal que no deberíamos ignorar por ningún motivo.
Emmanuel Macron recibe un país con enormes retos en lo económico y lo social. Se esperan grandes cosas de él y no dudo que las pueda alcanzar, pero la verdadera medida de su éxito estará en si logra, o no, marginalizar y volver irrelevante a la extrema derecha que ha encontrado en el enojo, el odio y la nostalgia una potente combinación para seducir a los jóvenes marginados del “sueño europeo”.
Ahí, en ese 35%, está la semilla de lo que podría ser una verdadera catástrofe para Europa: un partido establecido, con presencia y militancia de décadas, que tiraría en un instante al bote de basura todo aquello que ha hecho de Francia una gran nación. Como en la película terrorífica (y fantástica) de Bergman, es ese el verdadero Huevo de la Serpiente.