16/08/201705:00:19

El regreso

Gabriel Guerra Castellanos

16/08/201705:00:19

Para un conocedor superficial de la historia estadounidense, el racismo y la discriminación son intrínsecos a esa nación construida sobre la premisa de la expansión territorial agresiva, la eliminación y/o marginación de pobladores originarios, la esclavización de un sector de la población para hacer competitiva la producción agrícola (e industrial, aunque en menor grado) y finalmente el establecimiento de leyes y reglas de convivencia social diseñadas para favorecer a un grupo étnico/religioso y consolidar su dominancia económica, política y social.
A partir de ahí, acompañados de una muy bien articulada justificación ideológico/religiosa, los colonizadores primero y padres fundadores después construyeron el paraíso terrenal para los suyos: los inmigrantes blancos, europeos, protestantes, encontraron terreno fértil para la expansión territorial, para la propagación religiosa, para la prosperidad terrenal, y sobre todo para la fundación de un modelo prácticamente imposible de replicar: una potencia económico/militar expansionista, con sólidos pilares éticos y religiosos y un sistema político que ha sabido evolucionar lo suficiente, y apenas lo suficiente, para mantener, un nivel aceptable de representatividad que le permitiera, en un ejemplo épico de paradoja, en el autodenominado guía del modelo democrático liberal de Occidente. Y es que el país esclavista y exterminador de sus pueblos originarios se convirtió súbitamente, en poco más de medio siglo, en promotor y defensor de conceptos como la igualdad y la libertad, que antes solo había defendido de manera selectiva.
Quedo ahí, sumergida, oculta, una profunda corriente de resentimiento entre los perdedores de esa gran transformación estadounidense. Desde los grandes hacendados sureños hasta los “rednecks”, soñando los primeros con sus fortunas perdidas y los segundos con la gloria perdida en la Guerra Civil, un amplio sector de la población del nuevo y reinventado país se sintió excluido, hecho a un lado, dejado atrás.
Con el paso del tiempo la situación se intensificó en la medida en que primero el prolongado periodo de rápido crecimiento económico permitió que los antes discriminados se volvieran parte del llamado “sueño americano”, que sus ingresos crecieran por encima de la media y que la movilidad social fuera también para ellos una realidad. Pero entonces sucedió lo inevitable: mientras gradualmente unos fueron escalando, otros se quedaron estancados. Se cerró la brecha que separaba a los que salían de pobres con los de clase media baja que no veían mejoras en décadas, se fueron entremezclando con todas las tensiones sociales y raciales que eso necesariamente implicaba.
Durante las últimas tres o cuatro décadas, al mismo tiempo que las grandes fortunas han ido en aumento de manera estratosférica y que los ricos, por así definirlos, también han aumentado sus ingresos y sus haberes, las clases medias se han estancado o ido a la baja. Se ven cada vez más lejos de sus sueños y aspiraciones, cada vez más cerca de la pobreza, cada vez más amenazados por la competencia laboral y profesional que les representan las minorías étnicas y los migrantes. Y eso genera terreno fértil para el resurgimiento del racismo que acompañó a Estados Unidos desde sus orígenes y que hoy súbitamente se encuentra de nuevo bajo los reflectores.
Lo que vemos hoy, los desfiles neonazis, los nostálgicos del Ku Klux Klan, los supremacistas blancos, los milicianos armados, no son cosa nueva. Ahí estaban, agazapados, temerosos de mostrar su repugnante rostro, pero ahora ya perdieron el miedo, porque se sienten acompañados, acuerpados desde la mismísima sede del poder, por “su” presidente.
El Estados Unidos profundo, ese que conocíamos por películas, por documentales, por anécdotas terribles, está de regreso. Y tratará de quedarse si se lo permiten.
Posdata: No todos los regresos son buenos, pero yo celebro la oportunidad de volver a estas páginas. Los seguiré saludando todas las semanas, queridos lectores, ahora en miércoles. Gracias por recibirme de nuevo.