El rojo mexicano que conquistó el mundo

Agencias
11/11/201701:00:18

Un exposición en el Palacio de Bellas Artes repasa la influencia de un pigmento natural mexicano en la pintura durante tres siglos, de Tintoretto, Velázquez, Zurbarán a Turner o Van Gogh

Para justificar su expedición por México, en 1519 Hernán Cortés le envió a la Corona española tres cargamentos: plata, oro y unos textiles de un rojo púrpura, el color fetiche de la época, asociado al poder de la Iglesia y la nobleza militar. Carlos V se interesó por aquel tinte exótico y el siguiente barco llegó cargado de toneladas de insectos que guardaban en su caparazón el secreto rojo. La cochinilla se convertiría en el segundo producto más exportado después de la plata, revolucionaría el comercio textil y la pintura europea. Durante tres siglos, el rojo mexicano conquistó el mundo.
A la gigante influencia de ese pulgón diminuto y regordete le ha dedicado el Palacio de Bellas Artes, el gran recinto cultural de Ciudad de México, una de las exposiciones del año. Rojo mexicano. El uso de la grana cochinilla, bucea en los orígenes y en los usos prehispánicos, y sobre todo se detiene en el lapso del siglo XVI a principios del XIX, cuando a partir de los puertos españoles se extendió por toda Europa. La muestra recoge 70 obras –desde Tintoretto a Velázquez, Zurbarán, Van Dyk, Turner o Van Gogh– de 16 instituciones internacionales: la Tate británica, National Gallery, Museo d’Orsay, Museo del Prado de Madrid o Hammer de Los Ángeles.
Los tres años de investigación previa a la retrospectiva, con la colaboración del departamento de Ciencias de la UNAM –la universidad más grande de Latinoamérica–, constataron que efectivamente el origen de la cochinilla es México. “Ha habido un debate sobre si el insecto es endémico de aquí o de Perú, donde en siglos posteriores también hubo comercio”, explica Georges Rouque, el curador de la muestra. La prueba definitiva se exhibe en la primera de las salas: un manto azul añil y carmín cochinilla encontrado en una cueva del actual estado de Durango en el año 300 antes de Cristo.
Domesticado alrededor de su ecosistema natural, los nopales –cactus mexicanos–, las comunidades de la región Mixteca y Tlaxcala usaron ese color animal –que al mezclarlo con sulfato podía variar en una gama del escarlata al rosado– para decorar murales, jícaras, textiles o plumas. La huella de la colonización quedó marcada también en rojo en los primeros códices y de ahí viajó primero a Veracruz para inundar después los puertos de Sevilla, Amberes, Ámsterdam o Venecia, los epicentros de la industria textil.
De un autor veneciano e hijo de un tintorero es el primer cuadro europeo que presenta la muestra. La deposición de Cristo, 1559, de Jacopo Comin, alias Tintoretto, “el pequeño tintorero” en honor al oficio de su padre. Manierista y oscuro, los pliegues casi transparentes del manto que envuelve a Jesús son de cochinilla.
Desde Nerón o Calígula, hasta Carlomagno o Fernando el católico, el rojo ha sido el color regio por antonomasia. El día de su decapitación, María Estuardo eligió un vestido rojo. Luis XIV mandó retapizar en carmín todas las cortinas de Versalles. “Era un color capital, pero sin embargo era difícil de producir –añade el curador de la muestra– Se usaban otros pigmentos naturales como el kermes, pero la cochinilla barrió el mercado. Por eso, España mantuvo el secreto y el monopolio de la producción durante más de un siglo. Se convirtió en un pigmento caro y prestigioso que servía simbólicamente para retratar a personajes prestigiosos”.
Rojo pálido son las cortinas que Velázquez colocó detrás de la mitra y la sotana negra del arzobispo Fernando de Valdés, inquisidor en Barcelona, Toledo, Zaragoza. El paño de la Magdalena penitente de Zurbarán es corinto. La casaca y los pantalones del príncipe Charles Louis, del pintor flamenco del XVII Anthony van Dyck, también son rojos.
A mediados del XIX aparecen tintes sintéticos, más baratos y más resistentes, y comienza la decadencia del grana cochinilla. “También había una connotación simbólica. Ser moderno también significaba utilizar los materiales modernos”, apunta el curador. Pero una camarilla de artistas permaneció fiel al color animal. La muestra expone una caja de pinturas del inglés Turner o varias obras de los mundanos pero sagrados impresionistas.
Renoir, Monet, Cézanne, Gauguin o Van Gogh, con una de las piezas de la serie el Dormitorio en Arlés, donde utilizó el rojo mexicano como mezcla para lograr los tonos morados tenues de las paredes de la habitación. Pobre durante toda su vida, el propio Van Gogh dejó por escrito en una carta a su hermano, quien en realidad le proveía de los oleos y los materiales, un encendido elogio a la cochinilla: “El carmín es el color rojo del vino, es rojo y lleno de espíritu como el vino. No debemos renunciar a estos colores por una razón económica”.

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